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Dinero…

¿Y SI EL DINERO NO TUVIERA QUE COSTARTE TANTO?

Hay frases que escuchamos tantas veces que un día dejamos de cuestionarlas.

“El dinero cuesta mucho ganarlo.”
“Hay que trabajar durísimo para tener algo.”
“Nadie te regala nada.”
“Si quieres más, tienes que trabajar más.”
“El dinero no crece en los árboles.”

Quizá el problema no sea que alguna vez nos las dijeron.

El problema empieza cuando las convertimos en reglas para vivir.

Yo trabajé durante muchos años en un mundo corporativo donde aprendí a esforzarme, cumplir, resolver, producir y alcanzar resultados. Y agradezco profundamente todo lo que esa disciplina me enseñó.

Pero también he tenido que aprender algo diferente:

trabajar muchísimo no es lo mismo que crear muchísimo valor.

Esa diferencia cambia nuestra relación con el dinero.

Porque puedes llenar doce horas de actividades y producir muy poco valor. Y puedes tomar una decisión en veinte minutos que transforme un negocio, una carrera o un proyecto.

Entonces, ¿por qué seguimos midiendo nuestro merecimiento económico por nuestro cansancio?

Quizá porque llevamos años asociando tres conceptos que no necesariamente deberían ir juntos:

esfuerzo + sacrificio = dinero.

Y cuando esa ecuación vive dentro de nosotros, sucede algo curioso.

Si algo llega fácilmente, desconfiamos.

Si alguien nos paga bien por algo que hacemos con facilidad, pensamos que cobramos demasiado.

Si descansamos, sentimos culpa.

Si disfrutamos nuestro trabajo, pareciera que vale menos.

Si aparece una oportunidad inesperada, hasta podemos preguntarnos:

“¿Será demasiado bueno para ser verdad?”

Ahí es donde me interesa detenerme.

No para repetir frente al espejo: “Soy abundante, soy millonaria, el dinero viene hacia mí.”

Ya he hablado antes de esto: creo en enfocar nuestra mente, pero el universo no puede hacer las sentadillas por nosotros.

Cambiar nuestra relación con el dinero también requiere acción.

Para mí empieza haciendo mejores preguntas:

¿Estoy trabajando más o estoy creando más valor?

¿Sigo haciendo personalmente cosas que alguien más podría hacer?

¿Estoy cobrando por mi tiempo o reconociendo también el valor de mi experiencia?

¿Estoy tomando decisiones desde la oportunidad o desde el miedo a que mañana falte?

¿Sé recibir con la misma tranquilidad con la que sé trabajar?

Hay una pregunta todavía más incómoda:

¿Necesito estar cansada para sentir que merezco lo que gano?

En mi propia vida tengo un ejemplo muy claro.

Yo no vivo preocupada pensando:

“¿Tendré clientes de coaching el próximo mes?”

Si mi agenda está suficientemente llena, trabajo con las personas que ya confiaron en mí y concentro mi energía en darles verdadero valor.

He observado algo durante años:

cuanto menos persigo al siguiente cliente, más naturalmente llegan.

Muchos llegan de boca en boca.

Una persona habla con otra. Alguien comparte su experiencia. Una recomendación lleva a otra.

Mi trabajo habla cuando yo no estoy presente.

No es magia.

No es manifestación sin acción.

Es reputación acumulada.

Primero hice el trabajo. Construí experiencia, resultados, relaciones y confianza. Después aprendí a no contaminar todo eso con la ansiedad de pensar constantemente de dónde vendrá el próximo cliente.

Y aquí encuentro una diferencia enorme:

una cosa es ocuparte de crear valor y otra muy distinta vivir preocupada por recibir dinero.

La primera genera movimiento.

La segunda consume energía.

Con el tiempo he aprendido que no necesito perseguir cada oportunidad. Necesito hacer extraordinariamente bien lo que ya está frente a mí.

Porque cuando haces un trabajo que alguien quiere recomendar, tu mejor vendedor puede ser una persona satisfecha contando tu historia cuando tú ni siquiera estás cerca de ella o el en la habitación.

Eso también ha cambiado mi relación con el dinero.

No quiero enseñar que el dinero llega sin esfuerzo. Tampoco que basta con desearlo.

Quiero hablar de algo diferente:

el dinero no tiene por qué ser una recompensa al sufrimiento.

Puede ser consecuencia del valor que creas.

De una buena idea.

De conocimiento acumulado durante años.

De resolver un problema.

De atreverte a cobrar justamente.

De invertir.

De delegar.

De construir algo que pueda funcionar sin necesitar cada minuto de tu vida.

De aprender a tomar mejores decisiones.

También de saber decir no a aquello que consume muchísimo de ti y produce muy poco.

Eso también es liderazgo.

Hoy quiero proponerte un pequeño ejercicio.

La próxima vez que pienses:

“Con el dinero todo me cuesta muchísimo”, no intentes sustituir inmediatamente esa frase por otra bonita.

Obsérvala.

Pregúntate de dónde viene.

Después cámbiala por una mejor pregunta:

¿Cómo puedo crear más valor sin tener que entregar más de mi vida?

Esa pregunta me parece muchísimo más poderosa.

Porque no espera que el dinero aparezca mágicamente.

Te obliga a pensar.

A decidir.

A moverte.

A aprender.

A accionar.

Y, sobre todo, te permite cuestionar una idea que quizá llevas toda la vida cargando:

para merecer más no necesariamente tienes que sufrir más.

Para mí, abundancia también es haber construido algo tan sólido que puedes dejar de preguntarte todo el tiempo:

“¿De dónde vendrá lo siguiente?”

y concentrarte en hacer extraordinariamente bien lo que tienes hoy entre las manos.

Tal vez la verdadera abundancia no sea solamente tener más dinero.

Tal vez sea llegar al punto en que tu dinero, tu tiempo y tu energía dejan de competir entre ellos.

Entonces sí:

no solamente construyes una vida que puedes pagar.

Construyes una vida que también tienes tiempo de disfrutar.

Adriana Rodríguez | BeBig
Sé grande. Sé tú.

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