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No todos nos acompañan siempre

HAY AMISTADES QUE TERMINAN SIN QUE NADIE HAYA HECHO NADA MALO

Hace tiempo escribí sobre las amistades que se van quedando atrás. Hoy regreso al tema desde otro lugar.

Quizá porque con los años he entendido que no todas las relaciones están destinadas a acompañarnos durante toda la vida.

Hay amistades que comenzaron cuando éramos niñas.

Personas que conocieron nuestra casa, nuestros padres, nuestros sueños antes de que tuviéramos palabras para explicarlos.

Con ellas compartimos secretos, cumpleaños, vacaciones, travesuras, lágrimas.

Y quizá por eso pensamos que deberían permanecer para siempre.

Pero crecemos.

Nos mudamos.

Formamos familias.

Elegimos profesiones diferentes.

Cambiamos de país, de intereses, de prioridades.

Y, sobre todo, cambiamos nosotros.

Un día te encuentras con alguien que fue importantísimo en tu vida y descubres que el cariño continúa, pero la conversación ya no fluye igual.

No hubo una pelea.

Nadie traicionó a nadie.

Simplemente la vida tomó caminos diferentes.

Y eso también puede doler.

Porque algunas veces intentamos conservar una amistad no por lo que es hoy, sino por lo que significó ayer.

Nos sentimos culpables.

Pensamos:

“Después de tantos años…”

“Éramos inseparables…”

“¿Cómo voy a dejar que esto se pierda?”

Pero quizá no se perdió.

Quizá cumplió su objetivo.

Esta idea me parece importante.

No todas las relaciones que terminan fracasaron.

Hay personas que llegaron exactamente cuando tenían que llegar.

Nos acompañaron durante una parte del camino.

Nos enseñaron algo.

Nos hicieron reír.

Nos sostuvieron.

Nosotros también estuvimos ahí para ellas.

Y después la vida siguió.

No necesitamos convertir un recuerdo hermoso en una obligación presente.

Esto se vuelve todavía más evidente conforme pasan los años.

Nuestro tiempo adquiere otro valor.

Ya no queremos estar en todos lados.

No necesitamos tener decenas de amigos para sentirnos acompañados.

Empezamos a elegir con mayor cuidado dónde ponemos nuestra energía.

Y quizá descubrimos algo que antes no entendíamos:

la antigüedad de una relación no garantiza su profundidad actual.

Puedes conocer a alguien desde hace cuarenta años y sentirte distante.

Y puedes conocer a alguien hace poco tiempo y encontrar una conexión extraordinaria.

El calendario mide años.

No mide cercanía.

Por eso hoy no quiero preguntarte cuántos amigos tienes.

Quiero preguntarte algo diferente:

¿Con quién puedes ser completamente tú?

¿Quién celebra genuinamente cuando algo bueno te sucede?

¿Con quién puedes guardar silencio sin sentir que tienes que llenar el espacio?

¿Quién puede decirte una verdad difícil desde el cariño?

¿A quién llamarías si tu vida cambiara mañana?

Y una pregunta todavía más importante:

¿para quién eres tú de esa persona?

Porque la amistad también necesita reciprocidad.

No solamente queremos personas que nos escuchen, nos acompañen y nos quieran.

También tenemos que aprender a escuchar, acompañar y querer.

Y cuando una amistad ya no está, podemos hacer algo mucho más hermoso que convertirla en resentimiento:

agradecerla.

Gracias por aquella etapa.

Gracias por las risas.

Gracias por conocer aquella versión de mí.

Gracias por haber caminado conmigo hasta aquí.

No necesitas borrar fotografías.

No necesitas negar lo vivido.

Mucho menos buscar culpables.

Puedes guardar a alguien con enorme cariño en tu historia sin exigirle un lugar en tu presente.

Tal vez eso también sea madurar.

Comprender que algunas personas permanecerán a nuestro lado hasta el final.

Otras aparecerán y desaparecerán.

Algunas regresarán después de muchos años y parecerá que nunca se fueron.

Y unas cuantas vivirán para siempre en nuestros recuerdos aunque ya no volvamos a sentarnos juntas.

No todas las personas que amamos tienen que quedarse para que el amor que les tuvimos haya valido la pena.

Hay amistades que duran toda la vida.

Y hay amistades que duran exactamente el tiempo que tenían que durar.

Las dos pueden haber sido verdaderas.

No midas una amistad solamente por cuánto duró.
Mídela también por lo que dejó en ti.

Adriana Rodríguez | BeBig
Sé grande. Sé tú.

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