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Escuchar para dejar entrar tú luz

A VECES, ESCUCHARTE YA ES ABRIR LA PUERTA

A veces, escucharte con honestidad ya es empezar a abrir la puerta.

No tienes que saber todavía qué hay del otro lado. Tampoco necesitas tener un plan, una respuesta o el valor suficiente para cambiarlo todo.

Basta con dejar de apartar la mirada de lo que sientes.

Parece sencillo, pero no siempre lo es.

Podemos pasar años siendo extraordinariamente buenos para escuchar a los demás y, al mismo tiempo, aprender a ignorar las pequeñas señales que vienen de nosotros mismos.

“Estoy cansada.”

“Esto ya no me hace feliz.”

“Quiero otra cosa.”

“Necesito espacio.”

“Extraño una parte de mí.”

Las escuchamos y rápidamente respondemos con razones. No es el momento. Tengo demasiadas responsabilidades. No debería sentirme así. Hay personas que están peor. Ya se me pasará.

Y cerramos nuevamente la puerta.

Lo interesante es que escucharte no significa necesariamente obedecer inmediatamente todo lo que sientes.

Escucharte no es tomar una decisión. Es permitirte conocer la verdad antes de decidir qué hacer con ella.

Tal vez detrás de esa puerta encuentres cansancio. No el cansancio que se resuelve durmiendo una noche, sino el de llevar demasiado tiempo sosteniendo cosas que ya pesan más de lo que quieres reconocer.

Quizá encuentres una ilusión que guardaste hace años porque había asuntos más urgentes.

O una parte de ti que fue quedándose sin espacio mientras cumplías responsabilidades, construías proyectos, cuidabas personas y te convertías en quien necesitabas ser.

Y quizá no haya nada dramático.

Tal vez simplemente descubras que algo que antes querías ya no lo quieres.

Eso también merece ser escuchado.

A veces pensamos que conocernos significa tener respuestas. Cada vez creo más que también significa atrevernos a permanecer un rato frente a las preguntas sin salir corriendo a resolverlas.

¿Qué estoy sintiendo?

¿Qué estoy necesitando?

¿Qué llevo tiempo intentando no escuchar?

No para convertir cada emoción en una orden, sino para dejar de tratarnos como si nuestra propia voz fuera la menos importante de la habitación.

Porque aquello que sentimos y no escuchamos no necesariamente desaparece. A veces encuentra otras maneras de pedirnos atención.

Por eso hoy no quiero proponerte que cambies nada.

Solo que abras un poco la puerta.

Que te sientes contigo sin corregirte, sin juzgarte y sin explicarte por qué deberías sentir algo diferente.

Quizá todavía no sepas qué hacer con lo que encuentres.

No importa.

Hay puertas que no se abren para salir inmediatamente. Se abren primero para dejar entrar la luz.

Y tal vez hoy sea suficiente con eso.

Adriana Rodríguez | BeBig
Sé grande. Sé tú.

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