Documentando mi testimonio con ORYGNtriGLP-Día 47

Cuando una persona comparte una imagen muy íntima —su cuerpo, su rostro, sus inseguridades— deja de hablar de kilos y empieza a mostrar algo mucho más valioso: esperanza. Y la esperanza, curiosamente, despierta reacciones muy intensas. Hay quien se inspira… y hay quien reacciona desde el escepticismo, la frustración o incluso desde sus propias heridas.
No significa que esas personas tengan razón. Tampoco significa que yo esté equivocada por compartir. Pero sí es un recordatorio de que internet no siempre es un lugar amable.
Ayer aprendí que bajar de peso también significa exponerse.
Nunca imaginé que lo más difícil de este proceso no sería dejar el pastel de queso, aprender a escuchar a mi cuerpo o convivir con las noches de insomnio.
Lo más difícil fue publicar una fotografía.
Una fotografía de mi rostro.
Una fotografía donde yo veía esperanza.
Y donde otras personas vieron una oportunidad para atacar.
Algunos dijeron que era falsa.
Otros aseguraron que la fotografía de «antes» era de hacía un año.
Alguien escribió que mi cara parecía de plástico.
Otros pidieron «más respeto por el producto», como si compartir mi experiencia personal fuera una falta de respeto y ya llevo 48 días contando desde el día cero.
Confieso que me dolió.
No porque duden del producto.
Eso es completamente válido.
Cada persona tiene derecho a preguntar, investigar y desconfiar.
Lo que duele es cuando dejamos de cuestionar las ideas y empezamos a atacar a las personas.
Durante unos minutos pensé en borrar todo.
Y lo hice.
No porque creyera que ellos tenían razón.
Lo hice porque entendí que mi paz vale más que intentar convencer a quien ya decidió no creer.
Entonces comprendí algo importante.
Yo no estoy documentando este camino para ganar una discusión.
Lo estoy documentando para no olvidar quién fui.
Para recordar cómo me sentía el día que empecé.
Para tener un registro honesto de cada avance, de cada tropiezo, de cada duda y de cada pequeña victoria.
No necesito que todo el mundo vea el cambio.
Me basta con que yo pueda sentirlo.
Cuando un traje de baño vuelve a quedarme.
Cuando mis anillos regresan a mis dedos.
Cuando mi cara amanece menos inflamada.
Cuando tengo más energía para caminar.
Cuando mi cuerpo empieza, poco a poco, a confiar nuevamente en mí.
Seguiré compartiendo.
Pero ya no para demostrar nada.
Lo haré porque sé que, detrás de la pantalla, existe alguien que necesita leer una historia imperfecta.
No una historia perfecta.
Y si mi experiencia ayuda aunque sea a una sola persona a recuperar la esperanza, entonces habrá valido la pena.
Porque al final comprendí que el verdadero «antes y después» no estaba en las fotografías.
Estaba en mí.
En la mujer que antes necesitaba convencer a todos…
y en la mujer que hoy entiende que no necesita la aprobación de nadie para seguir cuidándose.
Con cariño,
Adriana BeBig
Hay una última reflexión que me gustaría dejarte como lector. Las redes sociales funcionan de otra manera: cuanto más visible es una transformación, más personas proyectan en ella sus propias frustraciones.
Eso no invalida mi experiencia. Solo significa que, a partir de ahora, quizá el objetivo ya no sea demostrar que funciona, sino seguir contando, con la honestidad que me caracteriza, lo que estoy viviendo.
