Un fin de semana maravilloso
DOS DÍAS, DOS FORMAS DE LUJO
Este fin de semana el desierto me hizo una pregunta que todavía llevo conmigo:
¿Cuánto necesitamos realmente para sentir que tenemos una vida abundante?
El primer día llegamos a La Colmena, un rancho en medio del desierto, antes de llegar a Parras, Coahuila.
El lugar nos recibió con los brazos abiertos y con una ráfaga de viento caliente que levantó el polvo y por unos segundos pareció cubrirlo todo. Alrededor, piedras, tierra, cactus y plantas que han aprendido a sobrevivir con muy poco.
Después cruzamos una vieja puerta de madera.
Y cambió el mundo.
La casa de adobe estaba fresca. Sobre nosotros, vigas de madera y carrizo. En las paredes, placas y recuerdos de los muchos lugares que aquella familia ha visitado.

Me pareció una contradicción maravillosa:
habían recorrido el mundo y habían encontrado su pedacito de cielo en medio del desierto.
No había lujo en el sentido convencional.
Había algo mejor.
Había tiempo.
La señal del teléfono dejó de importar. El agua, en cambio, se volvió importante.
Cuando algo escasea aprendes a valorarlo. Abres una llave y ya no dejas correr el agua distraídamente. Comprendes que aquello que en la ciudad consideramos automático, allí es vida.
Y entonces pensé en todas las cosas que hemos convertido en “necesidades”.
Necesitamos otro vestido.
Otro aparato.
Otra habitación.
Más velocidad.
Más conexión.
¿De verdad?
Aquella tarde hubo una mesa sencilla con vistas espectaculares del atardecer del desierto, conversación, vino, queso, risas y una hamaca donde alguien podía quedarse sin hacer absolutamente nada.

Y nadie necesitaba revisar una pantalla para comprobar que estaba siendo feliz.
La riqueza de hacer espacio
Pero la mayor lección de La Colmena no estaba en sus paredes de adobe.
Estaba en quienes nos abrieron la puerta.
Su dueña, Tencha habla del rancho como “nuestro pedacito de cielo”.
Y lo extraordinario es que no quiere guardárselo sólo para ella y su familia.
Quiere compartirlo.
Nos ofrecieron todo. Hasta su propia cama, dispuestos ellos a acomodarse en un sillón para que sus invitados estuvieran mejor.
Entonces comprendí que existen casas enormes donde nunca hay espacio para nadie.
Y existen casas sencillas donde alguien es capaz de decir:
“Yo me hago a un lado. Tú quédate aquí.”
Quizá la verdadera abundancia no sea cuánto espacio tienes.
Quizá sea cuánto espacio eres capaz de hacer para otro y eso es el mejor tesoro que alguien puede compartir.
Y al día siguiente apareció otro mundo
Llegamos a Parras.
Después de la austeridad del desierto aparecieron árboles enormes, jardines exuberantes, arquitectura cuidada, corredores, arcos, lámparas, historia y una mesa en un hotel de cinco estrellas.
Todo era hermoso.
Y lo disfruté.
Porque tampoco creo que tengamos que sentir culpa por disfrutar las cosas bellas, el confort, una buena comida o un lugar extraordinario.




El problema comienza cuando creemos que eso es lo que nos hace ricos.
Horas antes había estado mirando cactus crecer entre piedras.




Ahora estaba rodeada de jardines verdes y abundantes.
Y pensé:
el cactus y el jardín no compiten.
Cada uno florece con lo que tiene.
Tal vez nosotros deberíamos aprender lo mismo.
Entonces, ¿qué es el lujo?
Quizá lujo sea dormir en una habitación preciosa.
Pero también que alguien esté dispuesto a ofrecerte su propia cama.
Lujo puede ser comer en un hotel de cinco estrellas.
Pero también sentarse alrededor de una mesa sin mirar el teléfono y disfrutar el atardecer.
Lujo puede ser un jardín perfectamente cuidado.
Pero también un cactus que logra florecer donde casi no hay agua.
Lujo puede ser viajar por el mundo.
Pero también encontrar un lugar al que puedas llamar:
“mi pedacito de cielo”.
Regresé de Parras pensando que no quiero elegir entre los dos mundos.
Quiero conservar la capacidad de disfrutar una mesa elegante sin olvidar el valor de un vaso de agua.
Quiero seguir viajando, conociendo lugares hermosos y disfrutando lo que la vida me permita, pero sin necesitar esas cosas para sentirme abundante.
Porque quizá la libertad comienza justamente ahí:
cuando puedes disfrutar mucho sin necesitar casi nada.
Y tal vez ése haya sido el verdadero regalo de mi fin de semana.
El desierto del rancho la Colmena me enseñó lo poco que necesito.
Parras me recordó cuánto puedo disfrutar.
Y entre los dos descubrí algo que quiero llevar conmigo:
La riqueza no está solamente en lo que tienes.
Está en lo que aprecias, en lo que compartes, en cuanto espacio haces para otros de tu vida, de tu tiempo. Y en todo aquello que, aun teniendo mucho o poco, nunca dejas de agradecer.
Sé grande, sé tú.
Adriana Rodríguez · BeBig


Los disfrutamos mucho!! Gracias por acompañarnos!!!
Nosotros más. Gracias por compartir con nosotros su pedacito de cielo: El rancho la Colmena.