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No basta con AMAR

NO BASTA CON AMAR. TAMBIÉN IMPORTA CÓMO TE AMAS

Hay una pregunta que aparece muchas veces cuando hablamos de relaciones:

¿Es mejor estar con la persona que amas o con la persona que te ama?

Durante mucho tiempo habría pensado que la respuesta estaba entre esas dos posibilidades. Hoy creo que falta alguien fundamental en esa pregunta:

tú.

Porque no solamente importa cuánto amas a la otra persona ni cuánto te ama ella. También importa cómo te amas tú mientras estás en este mundo.

Podemos amar muchísimo a alguien y, sin darnos cuenta, comenzar a abandonarnos para conservar la relación. Callamos lo que necesitamos, justificamos aquello que nos duele, esperamos un poco más, cedemos otra vez. Nos acostumbramos a recibir menos porque lo que sentimos por esa persona es enorme.

Entonces confundimos la intensidad de nuestro amor con la calidad de la relación.

Pero amar mucho no significa necesariamente estar bien amado. Y ser amado tampoco basta si para permanecer con alguien tenemos que dejar de ser nosotros mismos.

Por eso quizá la pregunta no debería ser solamente: “¿Me ama?”

También deberíamos preguntarnos:

¿Me gusta la persona en la que me convierto cuando estoy en esta relación?

Porque el amor propio no vive solamente frente al espejo diciendo cosas bonitas sobre nosotros mismos. También aparece en aquello que permitimos, en los límites que ponemos, en las conversaciones que dejamos de evitar y en nuestra capacidad para decir: “esto me duele”, “esto necesito”, “esto no quiero”.

También aparece en nuestra capacidad para recibir. Porque amarnos no significa volvernos autosuficientes hasta el punto de no necesitar a nadie.

Podemos dejarnos cuidar. Podemos necesitar. Podemos apoyarnos. Podemos amar profundamente.

El amor propio no construye muros. Construye un lugar desde el cual podemos relacionarnos sin desaparecer.

Esto, curiosamente, lo aprendí de mi madre.

Había un pequeño juego que hacíamos ella y yo. Le preguntaba:

—Mamá, ¿quién te ama?

Y aun cuando la demencia había comenzado a llevarse tantas cosas, ella tenía clarísima su respuesta:

—Yo.

Ella primero.

Y a veces añadía:

—Aprende, mi hijita. Yo primero.

Yo debo cuidar de mí.

Me conmueve recordarlo porque, mientras tantas palabras y recuerdos podían perderse, aquello parecía permanecer en algún lugar profundo de ella.

Yo primero.

No como egoísmo.

No como “yo antes que todos”.

Sino como una raíz muy profunda.

Porque quizá no podemos construir una relación sana desde nuestro propio abandono.

Mi madre me lo había enseñado mucho antes de que yo pudiera entender todo lo que significaba.

Podemos amar a alguien con toda el alma y seguir eligiéndonos.

Podemos cuidar sin desaparecer.

Podemos acompañar sin renunciar a nuestra voz.

Podemos recibir amor sin convertirlo en la fuente de nuestro valor.

Y podemos marcharnos cuando permanecer exige dejar demasiado de nosotros mismos en el camino.

Tal vez por eso hoy ya no me interesa tanto responder si es mejor estar con quien amas o con quien te ama.

Quiero algo diferente.

Una relación en la que pueda amar, sentirme amada y seguir amándome. Hoy lo tengo todo con mi pareja, mi esposo, Berend.

No siempre será perfectamente equilibrada. Habrá temporadas en las que uno sostenga más, momentos en los que uno necesite más y días en los que uno tenga fuerzas mientras el otro apenas pueda con las suyas.

Eso también es amar.

La reciprocidad no consiste en llevar una contabilidad exacta del cariño. Consiste en poder mirar la relación a lo largo del tiempo y reconocer que los dos están ahí.

Pero hoy, domingo, quizá valga la pena dejar por un momento de mirar al otro.

No preguntarnos cuánto nos ama.

Ni cuánto estamos dispuestos a hacer por él.

Mirarnos a nosotros mismos.

Y hacernos aquella pregunta sencilla que mi madre parecía tener resuelta:

¿Quién me ama?

Ojalá podamos responder como ella:

Yo.

Porque habrá muchas personas que nos amen a lo largo de nuestra vida. Algunas se quedarán. Otras se irán. Algunas sabrán amarnos muy bien y otras quizá no sepan hacerlo como necesitamos.

Pero hay una persona con la que estaremos hasta el último día.

Nosotros mismos.

Ahora comprendo mejor aquellas palabras de mi madre:

“Aprende, mi hijita. Tu primero.”

Y sigo aprendiendo, mamá. Te extraño tanto. Un beso hasta el cielo.

Adriana Rodríguez | BeBig
Sé grande. Sé tú.

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