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Acepta a las personas como son… pero decide dónde colocarlas en tu vida

Acepta a las personas como son… pero decide dónde colocarlas en tu vida

Hay una frase que encontré hoy y que me hizo detenerme:

“Acepta a las personas como son, pero colócalas donde pertenecen.”

Me pareció sencilla, pero profundamente sabia.

Porque durante muchos años nos han enseñado que aceptar significa aguantar. Que perdonar significa volver a abrir la puerta. Que querer a alguien significa mantenerlo cerca. Y que alejarnos de una persona es casi una declaración de guerra.

Con los años he aprendido que no tiene por qué ser así.

Puedes aceptar a una persona exactamente como es y, al mismo tiempo, reconocer que no puede ocupar el mismo lugar en tu vida que antes.

Hay personas que pertenecen muy cerca de ti.

Son aquellas con quienes puedes bajar la guardia. Las que conocen tus luces y tus sombras y no utilizan ninguna de ellas en tu contra. Las que celebran cuando creces, te dicen la verdad cuando la necesitas y permanecen cuando la vida deja de ser cómoda.

A esas personas hay que cuidarlas.

Pero también hay personas que quieres y respetas, aunque sabes que necesitas cierta distancia para que la relación siga siendo sana.

Y está bien.

No todo el mundo necesita tener acceso a tus pensamientos más íntimos, a tus sueños, a tus decisiones o a tu vulnerabilidad.

Hay otras personas que pueden permanecer como conocidas. Puedes saludarlas, conversar, compartir algún momento y desearles genuinamente que les vaya bien, sin necesidad de entregarles las llaves de tu mundo interior.

Y sí, también existen personas que necesitan quedar fuera de nuestra vida.

No necesariamente porque sean malas.

A veces, simplemente porque la relación nos lastima, nos desgasta, nos confunde o nos obliga constantemente a convertirnos en alguien que ya no queremos ser.

Alejar a alguien no siempre es rechazo.

A veces es claridad.

El problema no siempre es la persona. A veces es el lugar que le dimos.

Creo que aquí está una de las grandes lecciones de la vida.

Muchas veces sufrimos no porque alguien sea como es, sino porque esperamos de esa persona algo que quizá nunca podrá darnos.

Esperamos lealtad de quien nunca ha sabido ser leal.

Profundidad de quien solamente puede relacionarse desde la superficie.

Reciprocidad de quien está acostumbrado únicamente a recibir.

Empatía de quien todavía no sabe mirar más allá de sí mismo.

Y entonces nos decepcionamos una y otra vez.

Tal vez la solución no sea intentar cambiar a esa persona.

Tal vez sea cambiarla de lugar.

Cuando dejamos de exigirle a alguien que sea quien no puede o no quiere ser, sucede algo maravilloso: dejamos también de entregarle el poder de decepcionarnos constantemente.

En el liderazgo ocurre exactamente lo mismo

También sucede en las organizaciones.

Uno de los errores más frecuentes de un líder es querer que todas las personas funcionen de la misma manera.

Pero un buen liderazgo no consiste solamente en encontrar personas extraordinarias.

Consiste en saber dónde pueden florecer.

Alguien puede fracasar en una posición y ser brillante en otra. Una persona puede no tener las habilidades para dirigir un equipo y, sin embargo, poseer un talento extraordinario para crear, analizar, vender, escuchar o resolver problemas.

Liderar también es aprender a observar.

No tratar de convertir a todos en lo que nosotros queremos que sean, sino descubrir quiénes son, qué pueden aportar y cuál es el lugar donde pueden dar lo mejor de sí mismos.

Y también tener el valor de reconocer cuando alguien ya no pertenece al equipo.

Eso también es liderazgo.

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Antes de reaccionar, observa.

Antes de cortar una relación impulsivamente, regula lo que sientes.

Antes de decidir que alguien es “malo”, pregúntate qué está ocurriendo realmente.

Y — Yo auténtico: ¿Quién soy yo cuando estoy con esta persona?

O — Observa: ¿Qué sucede realmente en esta relación, más allá de lo que quisiera que sucediera?

M — Mueve: ¿Qué necesito cambiar?

E — Energiza: ¿Esta relación me permite crecer o consume constantemente mi energía?

R — Regula: No decidas desde la rabia, la culpa o el miedo.

A — Acciona: Después de observar y regularte, decide qué lugar debe ocupar esa persona en tu vida.

Porque poner límites no significa dejar de amar.

Significa aprender a amar sin abandonarte a ti misma.

Con el tiempo he entendido que mi vida se parece un poco a una casa.

No todas las personas que conozco necesitan entrar.

Algunas pueden quedarse en el jardín.

Otras pueden sentarse conmigo a tomar un café.

Muy pocas conocerán todas las habitaciones.

Y quizá haya personas a quienes, después de mucho quererlas, tenga que acompañar amablemente hasta la puerta.

No necesito odiarlas.

No necesito convencerlas.

No necesito demostrar que tengo razón.

Puedo simplemente aceptar quiénes son… y decidir dónde pertenecen.

Porque la madurez emocional quizá no consista en sacar personas de nuestra vida cada vez que nos decepcionan.

Consiste en algo mucho más difícil:

aprender a querer sin idealizar, perdonar sin olvidar lo aprendido, poner límites sin odio y comprender que aceptar a alguien como es no significa concederle el derecho de ocupar cualquier lugar en nuestra vida.

Acepta a las personas como son.
Pero recuerda que el lugar que ocupan en tu vida lo decides tú.

Adriana Rodríguez

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