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Documentando mi testimonio con ORYGNtriGLP-Día 78

El robot que me quiso vender cripto (y el mío que me salvó de 1,800 correos)


Científica alegre reportando desde el día 78 de 120


Ayer tuve uno de esos días que solo la nueva era digital puede regalarte: extraño, ridículo y con una lección de ciencia incluida sin que yo la buscara.


El «buscame» que no era lo que yo pensaba.


Una mujer que ya llegó al rango de diamante verde en ORYGN me dejó un «buscame» en mi publicación sobre mi nuevo libro  ya disponible en todo el mundo: Los paisajes que nos recuerdan.

Mi cerebro, siempre optimista, ya se imaginaba dos escenarios: que me pidiera cientos de libros para su organización, o que quisiera que le ayudara a escribir el suyo.

Le escribí, la felicité, ella me agradeció… y unos mensajes después me estaba mandando publicidad de criptomonedas.


Le dije, con toda la elegancia que pude, que yo era guru de las finanzas y que no creía en eso (no es una mentira piadosa, porque si lo soy).

Mi mensaje no entró. Ahí entendí: estaba hablando con un robot. O tal vez con ella. O con alguien haciéndose pasar por ella usando un robot.

La verdad, nunca lo sabré del todo, y eso es justo lo inquietante del asunto.


Resulta que no estoy nada paranoica: esto tiene nombre y apellido en la investigación reciente. Se llama pig butchering (sí, «matanza de cerdo», el nombre no es nada sutil) y describe estafas donde se construye una relación de confianza —semanas o meses— antes de introducir una «inversión» en criptomonedas que resulta ser falsa.

Lo nuevo es que la inteligencia artificial ya automatiza buena parte del proceso: perfiles falsos, conversaciones generadas, y hasta voces y videos clonados para parecer más creíbles.

Y no es un fenómeno menor: solo el fraude relacionado con criptomonedas generó más de 11 mil millones de dólares en pérdidas en 2025, con casi 893 millones atribuibles específicamente a estafas asistidas por IA.

Investigadores incluso encontraron que los chatbots de IA son más efectivos que los humanos para ejecutar este tipo de engaño, porque no se cansan, no dudan y nunca pierden la paciencia con el objetivo.


Así que si un día un «diamante verde» (o cualquier rango brillante) te manda un emoji y después publicidad de cripto: ya sabes, no eres tú la paranoica, es 2026. De cualquier manera lo comunique a mi upline y espero que ya esté al tanto de buscar al bot falso.


Mientras tanto, mi propio robot me salvó la vida (bandeja de entrada)
La ironía es increíble: el mismo día que un bot ajeno intentó venderme humo, mi propio asistente de IA terminó de leer, contestar y archivar más de 1,800 correos acumulados. Sin drama, sin cripto, sin «buscame» sospechosos a quién pueda estafar. Solo trabajo honesto.


Me transportó a mis años en Ericsson, cuando soñábamos con tecnologías que apenas imaginábamos que pudiéramos lograr. Después en Huawei mis equipos  fueron parte de crear refrigeradores inteligentes y televisiones que se veían en 3D sin necesidad de lentes especiales, y ya en Microsoft mis equipos trabajaron cerca de estufas capaces de cocinar por ti.

Todo eso ya pasó hace  12 años.

Desde entonces estoy dedicada por completo al mundo de la escritura, coaching y los libros.

Pero ver la misma tecnología que soñábamos ahora vestida de estafa y de asistente personal en el mismo día, me hizo reír.

La IA no tiene ética propia: la pone quien la usa.


Lo que ningún robot puede hacer (todavía)
Aquí va mi ocurrencia del día: ningún robot puede tomar mi «grasita» y enviársela a alguien que le haga falta. Sueño con el día en que podamos subirnos a una máquina y que nuestra composición corporal simplemente… se ajuste. Estoy segura de que en algún laboratorio ya existe y todavía no nos la liberan al mercado, mucho dinero de por medio.
La ciencia real, mientras tanto, va por otro camino, más lento y menos mágico: la reducción de grasa no invasiva (criolipólisis, radiofrecuencia, ultrasonido) es hoy una industria enorme y sigue creciendo, con nuevas versiones de estos equipos que tratan áreas más grandes y con resultados más uniformes.

Pero ojo, yo su científica alegre no se deja engañar por el marketing bonito: estas tecnologías remueven o reducen grasa localmente, no la transportan de un cuerpo a otro, y ningún dispositivo aprobado hace magia instantánea — los resultados tardan semanas en verse porque el cuerpo necesita procesar y eliminar las células dañadas de forma natural.

Mi máquina de teletransportación de grasita, por ahora, sigue siendo ciencia ficción. Pero soñar no cuesta nada (y motiva la próxima gotita).
Y aquí sigo, día 78
Mientras llega esa máquina milagrosa, yo continúo con lo de siempre: mis gotitas de triGLP, mi Tai Chi caminando, y la carne y los helados cada vez más fuera de mi plato. Nada de robots, nada de atajos mágicos — solo constancia, un poco de ciencia y mucho sentido del humor para los días raros como ayer.

Soy Adriana Rodríguez


Ámate tanto que todos lo noten.

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