Y si alcanza tus metas…
¿Y SI ALCANZAS TU META… Y DESCUBRES QUE NO QUIERES ESA VIDA?
Nos enseñan a visualizar nuestras metas.
El puesto que queremos.
La empresa que soñamos.
El dinero.
La casa.
El reconocimiento.
El cuerpo.
El libro publicado.
La libertad financiera.
Nos imaginamos consiguiéndolo.
Celebramos por adelantado.
Pero pocas veces hacemos un ejercicio que para mí puede ser mucho más revelador:
imaginar un día completamente normal después de haber alcanzado esa meta.
No el día de la celebración.
No la fotografía.
No el momento en que anuncias:
“¡Lo logré!”
Imagina un martes cualquiera.
Abres los ojos.
Ya tienes aquello que tanto querías.
¿Cómo comienza tu día?
¿Tienes tiempo para ti o desde que despiertas alguien necesita algo?
¿Te gusta lo que haces durante las siguientes horas?
¿Tienes espacio para las personas que amas?
¿Tu teléfono controla tu día?
¿Puedes descansar sin sentir culpa?
¿La vida que construiste te da energía o te la quita?
Porque podemos desear profundamente el resultado sin preguntarnos si queremos la vida necesaria para sostenerlo.
Queremos una empresa enorme, pero quizá no queremos administrar una empresa enorme.
Queremos una posición ejecutiva más alta, pero no necesariamente las reuniones, los viajes, las responsabilidades y las decisiones que vienen con ella.
Queremos miles de clientes, cuando quizá lo que realmente disfrutamos es trabajar profundamente con unos cuantos.
Queremos una casa más grande y después descubrimos que también requiere más mantenimiento, más tiempo y más atención.
Queremos ser conocidos, pero valoramos profundamente nuestra privacidad.
Entonces aparece una pregunta completamente diferente.
Ya no es:
¿Puedo conseguirlo?
Es:
¿Quiero vivirlo?
Esa pregunta me encanta para coaching.
Cuando alguien me habla de una gran meta, no solamente me interesa saber qué quiere conseguir.
Quiero saber:
¿Cómo quieres vivir cuando llegues ahí?
Porque una meta debería acercarnos a nuestra vida, no alejarnos de ella.
Haz el ejercicio con algo que deseas muchísimo.
Imagínate que ya sucedió.
Ya tienes el puesto.
Ya publicaste el libro.
Ya construiste la empresa.
Ya tienes el dinero.
Ya alcanzaste aquello por lo que llevas tanto tiempo trabajando.
Ahora olvídate por un momento del éxito.
Habita tu vida.
Un miércoles cualquiera.
Desde que te levantas hasta que te acuestas.
Mira tu casa.
Tu agenda.
Tu cuerpo.
Las personas que te rodean.
Tus responsabilidades.
Tu tiempo libre.
Incluso tus preocupaciones, porque alcanzar una meta no significa dejar de tenerlas.
Y entonces hazte una sola pregunta:
¿Me gusta mi vida aquí?
No preguntes si impresiona.
No preguntes si otros la admirarían.
No preguntes si se ve bien en una fotografía.
Pregúntate si tú quieres vivirla.
Si la respuesta es sí, maravilloso.
Ahora no solamente tienes una meta.
Tienes una dirección.
Pero si algo dentro de ti responde:
“No estoy segura…”
escúchalo.
No significa necesariamente abandonar el sueño.
Quizá necesitas cambiar su tamaño.
Su forma.
El tiempo que quieres dedicarle.
La manera de alcanzarlo.
O quizá descubras algo todavía más importante:
esa meta pertenecía a una versión anterior de ti.
Y ya no tienes que perseguirla solamente porque un día decidiste que la querías.
También podemos cambiar de sueños.
Eso no es fracasar.
Es conocernos mejor.
Con los años he dejado de interesarme solamente por lo que quiero conseguir.
Me interesa mucho más preguntarme:
¿Quién quiero ser mientras lo consigo y cómo quiero vivir cuando lo haya conseguido?
Porque una meta dura unos segundos.
Llegas.
Celebras.
Te abrazan.
Te felicitan.
Quizá brindas.
Y después llega la mañana siguiente.
Ahí empieza nuevamente la vida.
Por eso, antes de perseguir una meta, atrévete a vivir por adelantado un día cualquiera después de conseguirla.
Quizá descubras que quieres llegar hasta ahí con todas tus fuerzas.
O quizá descubras, a tiempo, que lo que necesitas cambiar no es tu esfuerzo.
Es el sueño.

Adriana Rodríguez | BeBig
Sé grande. Sé tú.
