Burnout
Burnout: cuando el cuerpo dice lo que el empleado lleva meses callando
Hoy vi una frase que inmediatamente llamó mi atención:
“It’s physiology adapting.”
Es la fisiología adaptándose.
Y pensé en el burnout.
Porque durante demasiado tiempo hemos hablado del agotamiento laboral como si fuera simplemente un problema de actitud.
“Necesita descansar.”
“Debe organizarse mejor.”
“Le falta resiliencia.”
“Que aprenda a manejar el estrés.”
“Que haga ejercicio.”
“Que medite.”
Todo eso puede ayudar.
Pero hay una pregunta que como líderes deberíamos hacernos antes:
¿A qué le estamos pidiendo a esa persona que se adapte todos los días?
Porque el cuerpo también trabaja mientras nosotros trabajamos.
El burnout no es simplemente estar cansado
Primero aclaremos algo importante.
Todos podemos terminar agotados después de una semana difícil.
Eso no necesariamente es burnout.
La Organización Mundial de la Salud describe el burnout como un fenómeno ocupacional derivado del estrés crónico en el trabajo que no ha sido gestionado con éxito.
Se caracteriza principalmente por tres dimensiones:
agotamiento,
mayor distancia mental o sentimientos negativos hacia el trabajo,
y una reducción de la eficacia profesional.
Es decir, no estamos hablando simplemente de:
“Necesito dormir este fin de semana.”
Estamos hablando de algo que se ha ido construyendo.
Día tras día.
Reunión tras reunión.
Urgencia tras urgencia.
El cuerpo también entra a la oficina
A veces dirigimos organizaciones como si solamente contratáramos cerebros.
Necesito tu análisis.
Necesito tu creatividad.
Necesito tus resultados.
Necesito tu presentación mañana.
Necesito que resuelvas este problema.
Pero a trabajar llega una persona completa.
Con cerebro.
Con cuerpo.
Con emociones.
Con respiración.
Con un sistema nervioso que constantemente interpreta lo que ocurre a su alrededor.
Ante una demanda puntual, nuestra respuesta de estrés puede ser extraordinariamente útil.
Nos prepara para reaccionar.
El problema aparece cuando aquello que debería ser excepcional se convierte en cotidiano.
Una emergencia.
Después otra.
Después otra.
Y otra.
Hasta que la emergencia se convierte en cultura.
Hay empresas adictas a la urgencia
Seguro conoces alguna.
Todo es para ayer.
Todos los correos son urgentes.
Todas las reuniones son indispensables.
Todo necesita copiar a quince personas.
Nadie puede desconectarse porque quizá ocurra algo.
El jefe escribe a las once de la noche.
El domingo aparece un WhatsApp.
Durante las vacaciones alguien “solamente necesita una cosita”.
Y poco a poco sucede algo peligrosísimo:
dejamos de distinguir entre presión ocasional y funcionamiento normal.
El cuerpo, mientras tanto, intenta adaptarse.
Y quizá por eso la frase que vi hoy me pareció tan poderosa.
It’s physiology adapting.
Porque una persona puede acostumbrarse psicológicamente a decir:
“Así es mi trabajo.”
Pero eso no significa necesariamente que vivir permanentemente bajo presión sea inocuo.
La respiración también nos cuenta una historia
Cuando estamos bajo estrés, nuestra respiración puede cambiar.
Nuestros músculos pueden permanecer más tensos.
El sueño puede alterarse.
La capacidad para desconectarnos puede disminuir.
El sistema nervioso autónomo participa continuamente en nuestra adaptación a las demandas del entorno.
Y aquí quiero hacer una distinción importante.
No necesitamos convertir cada sensación corporal en una enfermedad ni hacer afirmaciones pseudocientíficas sobre que una determinada fascia, músculo o técnica explica o cura el burnout.
El cuerpo humano es muchísimo más complejo.
Pero sí sabemos algo fundamental:
el estrés no ocurre únicamente en nuestros pensamientos.
También tiene una expresión fisiológica.
Por eso hablar de bienestar laboral sin hablar de las condiciones que producen estrés es quedarnos solamente con una parte de la historia.
No puedes poner una clase de yoga encima de una cultura tóxica
Esta parte quizá incomode a algunas organizaciones.
Puedes ofrecer mindfulness.
Fruta gratuita.
Yoga los jueves.
Una aplicación para meditar.
Un webinar sobre resiliencia.
Y todo eso puede ser maravilloso.
Pero si después la persona regresa a un jefe que humilla, objetivos imposibles, jornadas interminables, falta de autonomía y una cultura donde descansar se interpreta como falta de compromiso…
no resolviste el problema.
Solamente enseñaste a la persona a respirar dentro del problema.
Y hay una diferencia enorme.
El bienestar laboral no puede consistir únicamente en enseñar al empleado a soportar mejor aquello que la organización se niega a cambiar.
Tal vez no necesitamos empleados más resistentes
Esta es una pregunta que me hago cada vez más:
¿y si en lugar de preguntarnos cómo hacemos a nuestros empleados más resistentes preguntáramos qué estamos haciendo nosotros para que necesiten resistir tanto?
Eso cambia completamente la conversación.
Porque entonces el burnout deja de ser solamente:
“el problema de María”.
“Juan no maneja bien la presión”.
“Pedro necesita aprender a poner límites”.
Y empezamos a observar el sistema.
¿Cuántas prioridades tiene realmente esa persona?
¿Tiene autonomía?
¿Puede decir que no?
¿Sabe qué esperamos de ella?
¿Recibe reconocimiento?
¿Puede equivocarse?
¿Su jefe escucha?
¿Puede desconectarse?
¿Hay suficiente personal para hacer el trabajo?
¿Estamos recompensando a quien produce resultados aunque destruya emocionalmente al equipo?
Ahí comienza el liderazgo consciente.
YO.M.E.R.A.™: regular no significa aguantar
Por eso la R de Regula en YO.M.E.R.A.™ es tan importante para mí.
Pero quiero dejar algo muy claro:
regularte no significa entrenarte para soportar indefinidamente lo insoportable.
Regular es recuperar suficiente equilibrio para observar con claridad y poder decidir.
Y — Yo auténtico: ¿Cómo estoy realmente? No cómo debería estar. ¿Cómo estoy?
O — Observa: ¿Qué está ocurriendo en mi cuerpo, mis emociones, mi trabajo y mi entorno?
M — Mueve: ¿Qué necesita cambiar?
E — Energiza: ¿Qué me devuelve energía y qué me la está quitando constantemente?
R — Regula: Antes de reaccionar desde el agotamiento, recupera espacio para pensar, respirar y decidir.
A — Acciona: Habla. Pide ayuda. Cambia prioridades. Pon límites. Redistribuye cargas. Y si eres líder, modifica aquello que está dañando innecesariamente a tu gente.
Porque regulación sin acción puede convertirse simplemente en adaptación.
Y no todo aquello a lo que somos capaces de adaptarnos es bueno para nosotros.
Si eres líder, observa antes de que alguien se rompa
No esperes a que una persona llegue diciendo:
“Ya no puedo.”
Observa antes.
La persona extraordinariamente comprometida que dejó de proponer ideas.
Quien antes participaba y ahora permanece callado.
El empleado paciente que comenzó a irritarse por todo.
Quien trabaja muchas horas pero cada vez consigue menos.
La persona que nunca se enfermaba y empieza a ausentarse.
Quien dejó de reírse.
Quien dejó de preguntar.
Quien simplemente cumple.
No diagnostiques.
Pregunta.
“¿Cómo estás?”
Y después haz algo todavía más difícil:
quédate callado el tiempo suficiente para escuchar la respuesta.
Una empresa saludable no elimina el estrés
Eso sería imposible.
Habrá cierres.
Problemas.
Clientes difíciles.
Competencia.
Errores.
Crisis.
Cambios.
Momentos en los que tendremos que correr.
El objetivo no es construir organizaciones sin estrés.
Es evitar construir organizaciones donde el estrés crónico se convierta en la manera normal de trabajar.
Porque nuestros empleados no son recursos infinitos.
Son seres humanos.
Y sus cuerpos también están presentes durante cada videollamada, cada deadline, cada discusión, cada correo enviado a medianoche y cada domingo en que decidimos interrumpirlos.
Por eso hoy quisiera dejar una pregunta especialmente para quienes dirigimos personas:
¿Mi equipo está creciendo gracias al desafío… o simplemente se está adaptando para sobrevivirlo?
Parecen cosas similares.
No lo son.
Una desarrolla personas.
La otra, sostenida demasiado tiempo, puede agotarlas.
Y quizá uno de los indicadores más importantes de un buen líder no sea solamente cuántos resultados consigue de su gente.
Sino en qué condiciones humanas los consigue.
Porque ningún resultado debería hacernos sentir orgullosos si para alcanzarlo estamos consumiendo lentamente a las personas que lo hicieron posible.
El burnout no siempre comienza con una persona diciendo “no puedo más”.
A veces comienza mucho antes.
Con una persona diciendo cada mañana:
“Estoy bien. Yo puedo.”
Hasta que un día su cuerpo, su mente y su energía empiezan a decir algo diferente.
Aprendamos a escuchar antes.
— Adriana Rodríguez

