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No voy a cambiar…

No voy a cambiar para gustarte

Hoy quiero empezar con una frase muy sencilla:

“No voy a cambiar para lograr que los demás me quieran. Las personas correctas querrán a la verdadera yo.”

Y mientras la escribía pensé:

¡Cuántos años podemos pasar intentando exactamente lo contrario!

Tratando de gustar.

Tratando de encajar.

Tratando de no incomodar.

Hablando un poquito menos para no parecer demasiado intensas.

Soñando un poquito más pequeño para no intimidar.

Callándonos una opinión para evitar un conflicto.

Cambiando nuestra manera de vestir, hablar, trabajar, pensar o incluso reír porque alguien decidió que éramos demasiado algo.

Demasiado ambiciosas.

Demasiado sensibles.

Demasiado fuertes.

Demasiado independientes.

Demasiado soñadoras.

Demasiado nosotras.

Hasta que un día descubres algo maravilloso:

quizá nunca fuiste demasiado. Quizá simplemente estabas tratando de caber en un lugar demasiado pequeño para ti.

Pertenecer no debería costarte tu identidad

Hay una diferencia enorme entre crecer y cambiar para ser aceptada.

Yo quiero seguir cambiando toda mi vida.

Quiero aprender.

Quiero descubrir cosas que todavía no sé.

Quiero escuchar a personas que piensan diferente.

Quiero reconocer cuando me equivoco.

Quiero evolucionar.

Pero eso es muy diferente a modificar quién soy para obtener la aprobación de alguien.

Una cosa es transformación.

La otra es renuncia.

Y creo que muchas veces confundimos ambas.

Nos enseñaron a preguntar:

¿Les gusto?

Cuando quizá la pregunta debería ser:

¿Me gusta quién soy cuando estoy con ellos?

Esa pregunta cambia todo.

También ocurre en el liderazgo

Durante muchos años en el mundo corporativo trabajé con personas de culturas, nacionalidades, edades y maneras de pensar completamente diferentes.

Y aprendí algo que sigo considerando fundamental:

un buen líder no contrata copias de sí mismo.

Si todos piensan como tú, probablemente alguien sobra en la habitación.

La diversidad verdadera no consiste solamente en tener personas diferentes alrededor de una mesa.

Consiste en permitir que esas diferencias hablen.

Que cuestionen.

Que propongan.

Que contradigan.

Que traigan algo que tú no tienes.

Y para que eso suceda tiene que existir confianza.

Porque nadie muestra su verdadero talento cuando siente que primero necesita averiguar qué versión de sí mismo será aceptada.

Las personas florecen cuando pueden decir:

“Esto es lo que veo.”

“No estoy de acuerdo.”

“Tengo otra idea.”

“Me equivoqué.”

“Necesito ayuda.”

Eso requiere mucho más que diversidad.

Requiere seguridad para ser auténtico.

Pero ser auténtica tampoco significa “así soy y aguántame”

Esta parte es importante.

La autenticidad no puede convertirse en una excusa para dejar de crecer.

“Así soy” no justifica lastimar.

No justifica no escuchar.

No justifica la falta de respeto.

No justifica negarnos a aprender.

Ser auténtica significa conocer quién eres lo suficiente para distinguir entre aquello que necesitas transformar y aquello que no necesitas traicionar.

Yo puedo mejorar mi manera de comunicarme sin perder mi voz.

Puedo aprender de alguien sin convertirme en esa persona.

Puedo aceptar una crítica sin entregar mi autoestima.

Puedo adaptarme a otra cultura sin abandonar mis valores.

Puedo evolucionar sin dejar de ser yo.

Ahí está la diferencia.

La primera letra de YO.M.E.R.A.™ no está ahí por casualidad

Y — Yo auténtico.

Antes de observar el mundo, antes de moverte, antes de energizar, regular y accionar, hay una pregunta anterior a todas:

¿Quién soy?

No quién esperan que seas.

No quién eras hace veinte años.

No quién necesitas aparentar para entrar en determinado círculo.

Tú.

Con tu historia.

Tus talentos.

Tus contradicciones.

Tus aprendizajes.

Tus cicatrices.

Tu curiosidad.

Tus sueños.

Incluso con las partes que todavía estás descubriendo.

Porque cuando empiezas desde tu Yo auténtico, algo cambia.

Ya no entras a una habitación preguntándote:

“¿Qué tengo que hacer para que me acepten?”

Empiezas a preguntarte:

“¿Puedo ser yo en este lugar?”

Y esa pregunta también sirve para una amistad, una pareja, una empresa, un equipo y prácticamente cualquier espacio de nuestra vida.

Las personas correctas no necesitan una versión editada de ti

Esto no significa que todo el mundo vaya a quererte.

No va a suceder.

Y qué descanso comprenderlo.

Habrá personas con quienes conectes profundamente.

Otras con quienes solamente coincidas durante una etapa.

Algunas no te entenderán.

Y otras simplemente no serán para ti.

No pasa nada.

No necesitas convertir cada desacuerdo en rechazo ni cada rechazo en una crisis de identidad.

Puedes escuchar.

Puedes aprender.

Puedes revisar tu comportamiento.

Y después decidir conscientemente:

Esto necesito cambiarlo.

O:

Esto soy yo y quiero conservarlo.

Esa capacidad de distinguir entre ambas cosas me parece una de las formas más bonitas de madurez.

Hoy quiero dejarte una pregunta

Antes de terminar el día, pregúntate:

¿Hay alguna parte de mí que estoy haciendo más pequeña para caber en un lugar donde quizá nunca tuve que encogerme?

Y después otra:

¿Qué cambiaría si mañana entrara al mundo sin pedir disculpas por ser quien soy?

No necesitas demostrar nada.

No necesitas gustarle a todo el mundo.

No necesitas convertirte en una versión cuidadosamente editada de ti para merecer pertenecer.

Sigue aprendiendo.

Sigue creciendo.

Corrige lo que necesites corregir.

Escucha.

Evoluciona.

Pero no confundas crecimiento con dejar de ser tú.

Porque las personas correctas, los equipos correctos y los lugares correctos no te pedirán que apagues tu luz para poder quedarse.

No cambies para que te quieran.
Crece porque te quieres.

Y cuando encuentres a las personas que puedan reconocer a la verdadera tú, quédate cerca.

Ahí probablemente no tengas que esforzarte tanto por pertenecer.

Porque ya perteneces.

Ámate tanto que todos lo noten.

Adriana Rodríguez

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