Single Blog

No necesito hacerlo sola…

¿CUÁNDO DELEGAR EMPIEZA A CONVERTIRSE EN DEPENDER?

Ayer, hablando con mi hermana pequeña, me hizo una pregunta que se me quedó dando vueltas.

Con los años he ido delegando muchas cosas en mi marido.

Los pagos.

Conducir.

Resolver determinados trámites.

Ocuparse de asuntos que antes hacía yo sin pensarlo demasiado.

Y tiene sentido.

Cuando compartes la vida con alguien durante muchos años, también repartes responsabilidades. Cada uno va ocupándose de ciertas cosas y, poco a poco, construyes una dinámica que hace la vida más fácil.

Hasta que mi hermana me preguntó algo muy sencillo:

¿Y qué pasaría si un día él te faltara?

No me gustó la pregunta.

Quizá precisamente por eso necesitaba escucharla.

Porque me hizo pensar en algo que nunca había considerado de esa manera:

¿En qué momento delegar puede convertirse en depender?

Yo he sido una mujer tremendamente independiente durante gran parte de mi vida.

He trabajado, viajado, vivido en diferentes países, tomado decisiones difíciles y resuelto problemas grandes y pequeños.

Sé que soy capaz.

Pero la capacidad también necesita mantenerse despierta.

Porque hay cosas que no dejamos de hacer porque ya no podamos hacerlas.

Simplemente dejamos de practicarlas.

Y después de muchos años alguien más conoce las contraseñas, hace las transferencias, conduce, revisa determinados documentos, recuerda las fechas, llama cuando hay un problema y sabe perfectamente dónde está cada cosa.

Nosotros seguimos siendo capaces.

Pero quizá ya no estamos preparados.

Y ahí encontré una diferencia importante.

Una cosa es compartir responsabilidades porque quiero hacerlo. Otra muy distinta es no saber qué hacer si mañana tengo que recuperarlas.

No creo que la respuesta sea volver a hacerlo todo sola.

Sería absurdo.

Parte de construir una vida juntos es precisamente poder apoyarnos, complementarnos y hacer que la vida del otro sea más sencilla.

No quiero dejar de recibir ese cuidado.

Tampoco quiero convertir la independencia en una obsesión que me impida disfrutar de tener a alguien a mi lado.

Pero sí quiero conservar algo:

mi autonomía.

Saber cómo están nuestras cosas.

Entender nuestros pagos.

Conocer las cuentas y los compromisos.

Poder conducir cuando lo necesite.

Saber a quién llamar.

Tener acceso a la información importante.

No porque esté esperando que algo malo suceda.

Precisamente porque quiero vivir tranquila mientras todo está bien.

Esta conversación también me hizo pensar en cuántas cosas vamos delegando casi sin darnos cuenta.

A veces ocurre en una pareja.

Otras veces con los hijos.

Con un asistente.

Con un contador.

Con la tecnología.

Delegamos porque funciona.

Y está bien.

El problema aparece cuando dejamos de entender aquello que delegamos.

Delegar debería liberarnos. No incapacitarnos.

Quizá la pregunta no sea:

“¿Dependo demasiado de alguien?”

Puede ser una pregunta mucho más útil:

“Si mañana tuviera que volver a hacerme cargo, ¿sabría cómo hacerlo?”

Si la respuesta es sí, maravilloso.

Estamos compartiendo.

Si la respuesta es no, quizá haya algo que convenga recuperar.

No necesariamente la tarea.

El conocimiento.

La capacidad.

La práctica.

La seguridad de saber que podemos.

Mi conversación de ayer no me hizo querer depender menos de mi marido.

Me hizo querer compartir nuestra vida sin entregar mi autonomía.

Porque también hay amor en dejarnos cuidar.

También hay amor en confiar.

Pero prepararnos para poder sostener nuestra propia vida no significa amar menos a quien hoy camina a nuestro lado.

Significa no abandonarnos a nosotros mismos mientras compartimos el camino.

Y quizá esa sea la diferencia que quiero recordar:

Quiero poder decir “no necesito hacerlo sola” sin llegar algún día a descubrir “ya no sé hacerlo sola”.

Adriana Rodríguez | BeBig
Sé grande. Sé tú.

Comments (0)

Post a Comment

© Copyright 2024 - BiBig por Adriana Rodríguez