¿Qué van a pensar?
¿CUÁNTAS DECISIONES HAS TOMADO PARA EVITAR UNA REACCIÓN QUE NI SIQUIERA HA OCURRIDO?
Hay una pregunta que parece muy sencilla, pero que a veces cuesta muchísimo contestar:
¿Qué quiero yo?
Sin pensar todavía en lo que dirá tu pareja.
Tus hijos.
Tus padres.
Tus amigos.
Tus colegas.
Tus clientes.
La sociedad.
Solo tú.
¿Qué quieres?
Parece fácil hasta que intentamos responder sin colocar inmediatamente detrás un pero.
Quiero cambiar de trabajo, pero qué van a pensar.
Quiero cobrar más, pero quizá mis clientes se vayan.
Quiero viajar sola, pero mi familia se preocupará.
Quiero descansar, pero pensarán que estoy perdiendo el tiempo.
Quiero decir que no, pero quizá se moleste.
Y hay algo todavía más interesante: muchas veces la otra persona ni siquiera ha reaccionado.
Nosotros ya imaginamos su respuesta.
Construimos la conversación completa en nuestra cabeza. Le ponemos palabras, gestos, objeciones y hasta consecuencias.
Después tomamos una decisión para evitar ese escenario imaginario.
Es decir: renunciamos a algo real por miedo a una reacción que todavía no existe.
No estoy diciendo que debamos vivir ignorando a los demás.
Nuestras decisiones tienen consecuencias. Amar también significa considerar cómo nuestros actos afectan a quienes comparten la vida con nosotros.
Pero existe una enorme diferencia entre considerar a los demás y desaparecer nosotros de la decisión.
Lo primero es empatía.
Lo segundo puede convertirse en renuncia.
En coaching me interesa mucho separar dos momentos que solemos mezclar.
Primero:
¿Qué quieres tú?
Después veremos cómo hacerlo, qué consecuencias tendrá, con quién necesitas hablar, qué puedes negociar y qué estás dispuesta a asumir.
Pero no negocies contigo misma antes de saber siquiera qué deseas.
Porque cuando empezamos por la reacción de los demás, nuestra respuesta ya nace modificada.
Decimos que queremos menos.
Pedimos menos.
Soñamos más pequeño.
Nos acomodamos antes de que alguien nos haya pedido acomodarnos.
Y, con el tiempo, puede ocurrir algo todavía más delicado: dejamos de saber qué queremos.
Nos volvemos excelentes leyendo habitaciones, anticipando necesidades, evitando conflictos y haciendo felices a otros.
Pero perdemos práctica escuchándonos.
Por eso hoy te propongo algo muy sencillo.
Antes de tomar una decisión importante, imagina por unos minutos que nadie va a enfadarse.
Nadie va a decepcionarse.
Nadie va a juzgarte.
Nadie va a aplaudirte tampoco.
No hay aprobación ni desaprobación.
Solo estás tú frente a tu vida.
¿Qué elegirías?
Esa respuesta no significa que tengas que hacerlo.
Pero necesitas conocerla.
Después podrás poner sobre la mesa la realidad, las responsabilidades, las personas que amas y las consecuencias.
Entonces decidirás.
Pero esta vez habrá una diferencia enorme:
estarás tomando una decisión consciente, no reaccionando por adelantado a la imaginación de lo que otros podrían pensar.
Tal vez madurar no consista en dejar de considerar a los demás.
Tal vez consista en aprender a considerarlos sin dejar de considerarte a ti.
Antes de preguntarte:
“¿Qué van a pensar?”
pregúntate:
“¿Qué quiero yo?”
No porque siempre tengas que elegirlo.
Sino porque tú también mereces estar presente en las decisiones de tu propia vida.

Adriana Rodríguez | BeBig
Sé grande. Sé tú.
