Sísifo también va a trabajar los lunes
Sísifo también va a trabajar los lunes
Hay días en que todos empujamos una roca.
Nos levantamos.
Vamos a trabajar.
Contestamos correos.
Entramos a reuniones.
Resolvemos problemas.
Cumplimos objetivos.
Terminamos una presentación.
Cerramos el mes.
Celebramos brevemente.
Y entonces llega el lunes…
y la roca está otra vez abajo.
Pero antes de continuar, déjame presentarte a los dos personajes de esta historia, porque Sísifo y Albert Camus vivieron separados por miles de años y, sin embargo, terminaron unidos por una misma pregunta:
¿Qué hacemos con una vida que muchas veces parece repetirse?
Primero: ¿Quién era Sísifo?
Sísifo es un personaje de la mitología griega.
Según el mito, fue un rey extremadamente astuto que desafió y engañó a los dioses. Su castigo fue tan sencillo como terrible:
Tenía que empujar una enorme roca hasta la cima de una montaña.
El problema era que, justo cuando estaba a punto de conseguirlo, la roca rodaba nuevamente hasta abajo.
Y Sísifo tenía que descender y comenzar otra vez.
Una vez.
Y otra.
Y otra.
Por toda la eternidad.
Imagínatelo.
No había promoción.
No había vacaciones.
No había viernes por la tarde.
No había siquiera satisfacción por haber terminado.
Solamente la misma roca y la misma montaña.
Ahora quizá entiendas por qué utilizamos la expresión “trabajo de Sísifo” para describir una tarea agotadora que parece no terminar nunca.
Ahora aparece nuestro segundo personaje.
¿Quién fue Albert Camus?
Albert Camus fue un escritor, periodista y pensador franco-argelino del siglo XX.
En 1957 recibió el Premio Nobel de Literatura.
Muchos siglos después de que los griegos contaran la historia de Sísifo, Camus volvió a mirar aquel mito y encontró algo fascinante.
En 1942 publicó El mito de Sísifo.
Camus no estaba realmente interesado en enseñarnos cómo mover piedras.
Estaba pensando en nosotros.
En nuestra existencia.
En esa sensación que podemos tener cuando despertamos, trabajamos, resolvemos problemas, dormimos y al día siguiente volvemos a comenzar.
Camus reflexionó sobre lo que llamó el absurdo: nuestra necesidad humana de encontrar sentido frente a un mundo que no siempre nos ofrece respuestas claras.
Pensó por un tiempo y después hizo algo extraordinario.
Miró a aquel hombre condenado eternamente a empujar una roca y propuso imaginarlo de otra manera.
No solamente como víctima.
También como alguien consciente de su realidad.
Sísifo no puede hacer desaparecer la montaña.
No puede cambiar su condena.
Pero queda algo que los dioses no pueden controlar completamente:
La manera en que él vive aquello que le ha tocado vivir.
Ahí es donde esta antigua historia griega entra directamente por la puerta de nuestras oficinas.
Porque Sísifo también va a trabajar los lunes
A veces pienso que Sísifo trabaja en nuestras empresas.
Hay personas que pasan ocho, diez o doce horas al día trabajando y prácticamente no disfrutan ninguna.
Esperan el viernes.
Esperan las vacaciones.
Esperan el bono.
Esperan el ascenso.
Esperan la jubilación.
Esperan…
Como si la verdadera vida estuviera siempre un poquito más adelante.
Y eso me preocupa.
Porque si trabajamos durante una enorme parte de nuestra vida…
¿Cómo podemos aceptar que millones de personas simplemente sobrevivan esas horas esperando que terminen?
No creo que el trabajo tenga que ser diversión permanente.
Hay días difíciles.
Hay tareas aburridas.
Hay presión.
Hay problemas que resolver.
Hay rocas que tenemos que empujar aunque no tengamos ganas.
Pero una cosa es tener días difíciles y otra muy diferente es construir una cultura donde todos los días se sienten como la condena de Sísifo.
El problema no siempre es la roca
Dos personas pueden realizar exactamente el mismo trabajo y vivirlo de maneras completamente diferentes.
¿Por qué?
Porque no solamente importa qué hacemos.
Importa con quién lo hacemos.
Importa si alguien escucha nuestras ideas.
Importa si entendemos para qué sirve nuestro trabajo.
Importa si podemos equivocarnos sin sentir terror.
Importa si nuestro jefe solamente aparece para señalar lo que hicimos mal.
Importa si alguien dice gracias.
Importa si podemos reírnos.
Importa si sentimos que pertenecemos.
Y, sobre todo, importa si podemos mirar aquello que hacemos y pensar:
Esto tiene algún significado para mí.
Ahí el liderazgo tiene una responsabilidad enorme.
No puedes quitar todas las rocas, pero puedes cambiar la experiencia de cómo empujarlas
Un líder no puede prometer que todo será fácil.
Las organizaciones tienen objetivos. Hay resultados que entregar, clientes que atender, presupuestos que cumplir y momentos en los que todos tenemos que hacer un esfuerzo extraordinario.
Pero existe una enorme diferencia entre exigir resultados y hacer miserable el camino para conseguirlos.
Puedes tener estándares altos y crear un ambiente humano.
Puedes exigir excelencia y permitir que la gente se ría.
Puedes medir resultados y reconocer el esfuerzo.
Puedes corregir sin humillar.
Puedes pedir más y también preguntar:
“¿Qué necesitas de mí para conseguirlo?”
Puedes celebrar antes de poner inmediatamente otra montaña enfrente.
Porque uno de los grandes errores del liderazgo es convertir cada logro simplemente en el punto de partida de la siguiente exigencia.
—Excelente trabajo. Ahora necesitamos 10% más.
—Superamos el objetivo. El próximo trimestre necesitamos 15%.
—Terminamos el proyecto. Mañana comenzamos el siguiente.
Roca.
Montaña.
Roca.
Montaña.
Y un día el líder descubre que tiene un equipo agotado y se pregunta qué pasó.
A veces hay que detenerse en la montaña
Yo creo profundamente en los resultados.
Pero también creo que necesitamos aprender a celebrar.
Detenernos.
Mirarnos.
Reconocer lo que conseguimos.
Dar las gracias.
Preguntar qué aprendimos.
Reírnos de lo que salió terriblemente mal y finalmente logramos resolver.
Tomarnos un café juntos sin agenda.
Porque esos momentos que aparentemente “no producen” nada pueden producir algo mucho más importante:
Pertenencia.
Y las personas que sienten que pertenecen no empujan la roca de la misma manera.
El trabajo también debería contener vida
No quiero que una persona entregue los mejores años de su vida a una organización y un día mire hacia atrás pensando:
“Sobreviví.”
Quisiera que pudiera pensar:
Aprendí.
Crecí.
Conocí personas extraordinarias.
Me equivoqué.
Me reí muchísimo.
Hice cosas que pensé que no podría hacer.
Ayudé a alguien.
Alguien creyó en mí.
Hubo días terribles, claro.
Pero también hubo días maravillosos.
Estuve viva mientras trabajaba.
Eso cambia completamente la conversación sobre liderazgo.
Si eres líder, quiero dejarte una pregunta
No preguntes solamente:
¿Está mi equipo alcanzando sus objetivos?
Pregunta también:
¿Cómo se siente mi equipo mientras los alcanza?
Porque los números pueden decirte que una organización funciona.
Pero no necesariamente te dicen cuánto tiempo podrá seguir funcionando así.
No todas las rocas desaparecerán.
No todos los lunes serán maravillosos.
No todos los proyectos nos apasionarán.
Pero entre una cima y la siguiente hay algo que no deberíamos sacrificar:
Nuestra vida.
Sísifo no pudo elegir su montaña.
Nosotros, muchas veces, sí podemos elegir cómo construirla, con quién subirla y qué clase de personas queremos ser durante el camino.
Quizá ahí esté una de las responsabilidades más hermosas del liderazgo:
No conseguir que las personas empujen más rápido la roca, sino construir un lugar donde puedan sentirse vivas mientras la empujan.
Porque la vida no empieza el viernes.
No empieza durante las vacaciones.
No empieza después del próximo ascenso.
La vida también está sucediendo hoy, mientras trabajamos.
Mis lecciones después de más de 35 años construyendo equipos en multinacionales.

— Adriana Rodríguez
